La cultura argentina despide a una de sus figuras más audaces, polifacéticas e inclasificables. Daniel Melingo falleció este martes en su departamento del barrio porteño de Chacarita a los 68 años. El músico, que se encontraba bajo un esquema de cuidados paliativos domiciliarios debido a una enfermedad respiratoria crónica, fue hallado sin vida por su hijo. Su deceso marca el fin de una trayectoria de cuatro décadas caracterizada por romper moldes estéticos tanto en la edad de oro del rock nacional como en la renovación contemporánea del tango rioplatense.
Según consignó Infobae —medio al que el artista le brindó su última entrevista hace apenas diez días—, Melingo se encontraba plenamente abocado a la producción de sus próximos desafíos artísticos. Entre ellos se destacaban la presentación en vivo del disco Tangos bajos (Rework), programada para el 21 de septiembre en el Teatro Coliseo, un largometraje documental enfocado en las raíces afro de la música argentina y el lanzamiento de un vino de su propia autoría.
Una escuela musical entre el conservatorio y la contracultura
Nacido el 22 de octubre de 1957, Alejandro Daniel Melingo creció en un ambiente donde la música ciudadana era parte del ecosistema cotidiano: su padrastro trabajaba estrechamente con el icónico Edmundo Rivero. Con una sólida formación académica en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo y estudios de etnomusicología en la UCA, el artista conjugó el rigor técnico con la rebeldía del underground. Tras un breve exilio en Brasil tocando junto a Milton Nascimento al cierre de los años 70, regresó al país para convertirse en un eslabón clave del rock de la transición democrática.
Su recorrido por los proyectos más influyentes de la música local trazó un mapa indeleble en la memoria colectiva:
Aportó vientos, guitarras y composiciones memorables como el reggae “Chalamán” en el álbum Vasos y Besos, integrando una de las formaciones más virtuosas de la época junto a Miguel Abuelo y Andrés Calamaro.
Fundó junto a Pipo Cipolatti una propuesta estética que combinó el rockabilly con letras cargadas de ironía y humor ácido. Discos como La dicha en movimiento dejaron himnos generacionales inolvidables.
Fue convocado por García para integrar la histórica alineación de directo que grabó y presentó Piano Bar, una de las obras cumbre de la discografía del rock en español.
Asumió la conducción del ciclo Mala Yunta y editó Tangos bajos (1998), iniciando una etapa solista que llevó el lunfardo, los márgenes urbanos y una impronta emparentada con Tom Waits a los principales escenarios de Europa.
La deconstrucción del género y el reconocimiento internacional
En su faceta tanguera, Melingo eludió la nostalgia convencional. A través de una prolongada colaboración con el poeta y académico del lunfardo Luis Alposta, dio vida a más de cuarenta composiciones que poblaron el género de personajes nocturnos y realidades marginales. Su particular estilo interpretativo —más susurrado y dicho que cantado con la impostación clásica— capturó la atención de la crítica global. Publicaciones británicas de la talla de The Guardian lo describieron en sus crónicas europeas como el responsable de "hacer que el tango vuelva a ser seriamente cool".
Su labor como puente entre generaciones y estéticas le valió el Premio Konex al Mérito en 2015. En sus reflexiones compartidas con Infobae, Melingo relativizó las históricas fronteras de la pureza de los géneros musicales:
"Cuando terminamos de grabar, la obra está inconclusa; se termina de anidar en el oído de cada uno que la escucha. Afuera el tango se percibe de otra manera, lejos de la discusión local sobre qué es y qué no es el género".
El destino de Tangos bajos (Rework), la obra antológica donde reunió a figuras de la talla de Fito Páez, Pablo Lescano, Pity Álvarez y Andrés Calamaro para reimaginar sus clásicos, se convierte ahora en el testimonio póstumo de un creador que entendió la música como un territorio libre de prejuicios y en constante movimiento.



