Desde sus oficinas en San Isidro, Christian Petersen luce los rastros de una batalla que lo dejó 30 días en un vacío absoluto de conciencia. El hombre que lidera un equipo de 400 empleados y protagoniza éxitos televisivos enfrentó una falla multiorgánica que lo puso al borde del final. "Hay un mes entero de mi vida del cual no sé qué pasó", confesó a La Nación..
Lo que comenzó como un retiro de silencio para procesar la muerte de un socio y un año de conflictos laborales, terminó en una evacuación de emergencia. El entorno del Lanín, lejos de darle paz, le disparó un cuadro de claustrofobia y angustia. Al descender, el diagnóstico fue una arritmia severa que, tras ser medicada para bajar las pulsaciones, provocó el colapso de sus órganos vitales.
El diagnóstico del colapso
La medicina del Hospital Alemán, liderada por el doctor Víctor Perrone, logró desentrañar el rompecabezas que casi termina con su vida. El organismo de Petersen falló por una combinación letal:
- Estrés extremo: El cocinero reconoce una autoexigencia desmedida tanto en el deporte como en su empresa.
- Cuadro infeccioso: Una neumonía previa no detectada y la presencia de virus tropicales como el zika terminaron de quebrar su sistema inmunológico ante el esfuerzo de la montaña.
- Falla motriz: El paso por terapia intensiva le costó 18 kilos de peso y una capacidad física que hoy apenas llega al 20% de su rendimiento habitual.
"Yo soy manija del trabajo y del deporte, de hacer cosas de más. Me di cuenta de que trabajo demasiado y que si tengo algo malo es que no puedo parar", reflexiona Petersen. El operativo para su traslado a Buenos Aires incluyó la movilización de 15 aviones privados coordinados por su familia y equipo, en una carrera contra el tiempo que hoy él agradece conmovido.
La rehabilitación es hoy su prioridad absoluta. El hombre que antes no conocía de pausas ahora realiza caminatas diarias y ejercicios de fuerza junto a sus tres hijos para recuperar el tono muscular perdido. El cambio no es solo físico, sino estructural en su estilo de vida.
"Me estoy tomando los sábados y los domingos de descanso. Trabajo menos y más tranquilo", asegura. Su enfoque migró de la producción constante a la delegación de responsabilidades. La montaña, al menos las de gran altura, quedó descartada de su itinerario futuro: "Las barrancas de San Isidro son las únicas montañas que voy a subir ahora".



