Confesiones de un funebrero: el impuesto a la culpa, La Gotita y la mentira del cajón de lujo

Néstor Schenone maneja el negocio funerario desde 1998. Pasó de manejar los remises del cortejo a dueño y hoy rompe el silencio sagrado del velorio. Desde el "yerno vengativo" hasta el uso de pegamento para cerrar ojos rebeldes. Una crónica sobre el único servicio del que nadie vuelve para quejarse.
Por: Daniel Malnatti

Durante siglos, filósofos, sabios y místicos intentaron responder la gran pregunta: ¿Qué hay después de la vida? ¿El cielo? ¿La Nada? Néstor Schenone sabe exactamente qué hay después de la vida: hay que laburar. Él tiene una funeraria y la muerte es su materia prima. Por eso no le escapa a la Parca y cuando la ve llegar le da la bienvenida, la hace pasar y la invita a tomar algo.

El corazón se puede detener de un segundo a otro, pero la culpa y el odio tienen inercia. Las emociones hacia quien ya no está pueden durar años y, sobre todo, pueden costarnos mucho dinero. En el despacho donde Néstor recibe a los deudos, la culpa cotiza en bolsa.

Allí no es difícil encontrarse con el "Pariente Culposo", el hijo pródigo que paga para callar a la conciencia. Es aquel que no visitó al padre en el geriátrico en los últimos cinco años y ahora, necesita el cedro más lustroso y los herrajes de bronce para compensar. El ataúd funciona aquí como un rescate emocional: paga el perdón con madera y metales nobles.

En el otro extremo está el pariente para quien el rencor es más fuerte que la muerte. La anécdota es brutal: un yerno fue a contratar el servicio para su suegro. Néstor le ofreció la gama media en cajones, pero el hombre lo frenó en seco: "Mirá, a este ponele lo peor. Dame el más barato que tengas, porque este viejo me hizo pasar la de Caín". La venganza, descubrió Néstor ese día, puede ejecutarse incluso post-mortem y en madera de pino.

Pero muchos deudos jamás llegan al escritorio de Néstor. En la selva de la muerte "Las Lechuzas" comen primero. Son la infantería rapaz que monta guardia en los sanatorios, que interceptan a los familiares antes de que crucen la puerta de salida. Estos "caranchos de pasillo" venden servicios que no existen a familias aturdidas. "Son los buitres del sistema", describe Néstor.

La Tregua Cosmética

El velorio es una puesta en escena. Y para un cierre digno en el último acto de la existencia, el protagonista debe lucir impecable. Pero la biología del finado o sus últimos minutos en la tierra, no siempre ayudan. Aquí, Néstor intenta lograr la"paz visual": que el fallecido parezca dormido.

A veces, la relajación muscular juega malas pasadas. Néstor revela, con la naturalidad de un carpintero -que te cuenta como hace para que la mesa le quede prolija-, su secreto industrial: "La Gotita". Sí, el pegamento que usás para arreglar una taza. "A veces el párpado no baja o la boca se abre. Una gotita, un toque de presión y queda cerradito, prolijo, en paz", confiesa.

No es falta de respeto, es una estética de la piedad. Es el esfuerzo técnico para sostener la ilusión de que la muerte es un sueño. Néstor también despeja el mito más oscuro del rubro: el de los huesos quebrados para que los cuerpos entren en el cajón. "Yo nunca lo hice, es maña, no fuerza", se ataja, aunque deja flotando la sospecha sobre la competencia: "Hay colegas que por ahorrar madera... digamos que hacen cosas que no deberían".

El Cambio Mental

Vivir entre muertos le enseñó a Néstor a vivir mejor. "Trabajar con la muerte me hizo más feliz", asegura. Es una ética del disfrute inmediato: "Todo tiene solución, menos cuando venís a mi empresa como cliente horizontal".

Tan desacralizado tiene el oficio que, en sus épocas de chofer, usó la carroza fúnebre para pasar a buscar a su novia (hoy esposa) por el trabajo. "Ella no quería subir por el qué dirán, pero si necesitás llevar una mesa, entra cómoda", se ríe.

Hoy, Néstor observa una grieta cultural: Bóveda vs. Cremación. "La bóveda pasó de moda", decreta. Representaba la tradición, la eternidad. Hoy ganó la cremación: se puso de moda en la pandemia y sigue sumando preferencias por su practicidad. Se impuso "Es más higiénico y soluciona el problema del espacio".

Para Néstor, un velorio con pocos asistentes es una señal de que algo anduvo mal en la vida. Al final, la lección es simple: la muerte es un trámite inevitable, pero la forma en que terminamos muchas veces define quiénes fuimos.

 

El Gurú de los Últimos Segundos

Si la muerte te agarra desprevenido, Néstor nos deja los consejos definitivos para no ser estafados en medio del shock:

Cuidado con el Hospital: "Nunca contrates al que se te acerca en el pasillo del sanatorio". Es el Lechuza. Buscá una empresa con local a la calle.

La Estafa del Fuego: Si vas a cremar (la tendencia moderna que borra el ritual de la visita), no gastes en madera. "El roble se quema igual que el pino".

El destino final: Elegir y comunicar a los familiares sus deseos finales. Néstor ya eligió el suyo: "Cremación y las cenizas a la cancha de Nueva Chicago o a la playa de San Clemente"

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