Mortero, el perro que acompañó y protegió a los soldados argentinos en Malvinas

Un perro mestizo sin dueño se convirtió en un símbolo de lealtad durante la Guerra de Malvinas, acompañando a la tropa en el frente y sobreviviendo junto a ellos hasta el regreso a Comodoro Rivadavia.
Por: #BorderPeriodismo

En la Guerra de Malvinas, entre relatos oficiales y estrategias militares, existen historias que solo sobreviven en la memoria de quienes vivieron el conflicto. Una de ellas es la de Mortero, un perro mestizo que, sin entender de guerras, demostró una lealtad inquebrantable hacia los soldados argentinos.

Mortero no tenía un dueño conocido ni un pasado definido. De pelaje marrón amarillento y tamaño grande, encontró su lugar en el Regimiento de Infantería 8 de Comodoro Rivadavia, donde fue adoptado por el cabo primero Víctor Alberto Funes. Pronto se convirtió en parte esencial de la rutina militar, acompañando relevos, siguiendo a los soldados en sus salidas y permaneciendo siempre cerca, como si supiera que ese era su destino.

El apodo "Mortero"

El 2 de abril de 1982, cuando la unidad se preparó para partir hacia las Islas Malvinas, Mortero se metió por su cuenta en un camión que fue cargado en un avión. Los soldados no descubrieron su presencia hasta el vuelo, pero ya era tarde para bajarlo. Así, sin planearlo, el perro inició su propia batalla y ganó su apodo: “Mortero”.

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Durante los 74 días que duró el conflicto, Mortero permaneció junto a los soldados, viajando en barco, helicóptero y camión. Compartió el frío y la humedad extrema, durmiendo en los pozos para brindar calor y acompañando patrullas de hasta diez días bajo condiciones adversas. Su compañía era más que consuelo: muchas veces funcionó como alerta temprana ante ataques aéreos o terrestres, aullando o mirando fijamente al cielo para anticipar la llegada de helicópteros.

Además, Mortero cruzaba junto a la tropa campos minados y los acompañaba hasta las primeras líneas, donde se detenía para observarlos hasta perderlos de vista antes de regresar a su refugio. Cuando los soldados regresaban, él estaba allí, moviendo la cola con energía, cruzando nuevamente las líneas y el campo minado para reencontrarse con ellos. Para los combatientes, dejó de ser un animal y se convirtió en uno más de la unidad.

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Marcando territorio

Al finalizar la guerra, Mortero fue tomado prisionero junto a los soldados. En el buque británico Norland protagonizó una escena que aún se recuerda con una sonrisa: orinó en una alfombra y los ingleses quisieron dejarlo atrás, pero los soldados argentinos se opusieron con una frase contundente: “Tiren a un soldado, pero no a Mortero”. Finalmente, le permitieron viajar con la condición de que no causara problemas.

De regreso en el continente, Mortero volvió al regimiento y, tiempo después, fue adoptado por la familia de un oficial de operaciones. Murió de viejo en Comodoro Rivadavia, rodeado de afecto y lejos del ruido de la guerra.

Hoy su historia sigue viva en el Regimiento de Infantería 8, donde tiene un espacio especial en la sala histórica y una estatua 3D que lo inmortaliza junto a la bandera nacional y la insignia de las Islas Malvinas. La comunidad local también trabaja para instalar una escultura de cemento en la plaza de armas, en honor a este fiel compañero. Mortero no comprendía de banderas ni conflictos, pero sí entendía algo esencial: nunca abandonar a los suyos, incluso en las condiciones más adversas.

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