Orquídeas: Robar es otra cosa

Orquídeas
Créditos: Orquídeas
Por: Graciela Barreiro

Mirá mamá, ¡una orquídea! ¿A cuánto la vendés? A mil, señora…
¿Quién le puede decir que no a ese chiquito de ojos dulces y ropa descolorida que está en la entrada del parque en Iguazú? ¿Qué le va a hacer al bosque que me lleve una belleza como ésta a casa?

Cada año, cerca de 12 millones de plantas de orquídeas y una cantidad similar de cactus conforman el mercado negro de especies vegetales que, sumado al tráfico
de animales, redondea unos 25 mil millones de dólares.
Las orquídeas viven en todos los continentes con sus 30000 especies conocidas. Un 1% de ellas vive en nuestro país, con más de la mitad en la selva paranaense
del noreste argentino. Crecen sobre los árboles en acuerdos comunitarios con insectos y animales pequeñitos que las polinizan y disfrutan de su compañía. Son
uno de los eslabones necesarios del ecosistema de la selva y han servido a la codicia y al usufructo humanos por siglos.

 

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Pociones mágicas, perfumes, afrodisíacos y hasta condimentos como la vainilla han sido, a lo largo de la historia, resultado de la experimentación del hombre
sobre las orquídeas que fueron, además, uno de los símbolos del poderío colonial europeo sobre el resto de las tierras del mundo.
Las orquídeas fueron adoradas por Confucio. También por los griegos que las relacionaron al sexo (de ahí su nombre, del griego Orkhis, testículo, por la forma
de los bulbos aéreos que tienen algunas especies). Pero el siglo XIX determinó su futuro destino cuando desencadenó en “orquideomanía”.

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Coleccionar orquídeas se volvió un pasatiempo de los aristócratas en la Inglaterra victoriana que construían enormes invernáculos calientes para conservarlas y
enviaban gente experimentada a los trópicos a “cazarlas” y llevarlas a Europa. Una manera singular de practicar el imperialismo sin mojarse los pies en las lejanas junglas.

Hubo casos como el del coleccionista –y comerciante- Frederik Sanders, el rey de las orquídeas, que enviaba a cazadores a todo el mundo en búsqueda de las
especies más raras. Cazadores que tenían órdenes de eliminar lo que quedara para asegurar la exclusividad de una nueva planta para la colección.

Pero su rara belleza y la fascinación que producen incluso a los botánicos sigue hasta nuestro tiempo, con sus formas atrayentes que inducen a la obsesión y la
vulnerabilidad que pone acento en la crisis climática.

No sólo el imperialismo mostraba sus colecciones de plantas obtenidas en el mundo colonizado como sus trofeos más preciados. En los últimos años, víctimas
de la orquideomanía como el cantante Prince o el diseñador Halston –que llegaba a gastar 110000 libras al año en estas plantas para regalarlas a sus amigos junto
con una dosis de cocaína- devalúan su importancia como componentes de la biodiversidad global.

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La convención CITES regula desde 1973 el comercio internacional de especies en peligro de extinción. Todas las orquídeas y todos los cactus del mundo forman
parte de su lista de prohibiciones de intercambio comercial entre países, en un intento por proteger a la flora nativa de cada región. Si son de origen cultivado, el
país exportador debe acompañar permisos especiales para su comercio.

En Argentina, adherente a CITES, hay una carencia de controles adecuados y juega en contra además “la ceguera a las plantas” que sufrimos como sociedad y
como organismos de control. Nos conmovemos ante un embarque de monitos enjaulados que fue decomisado saliendo del Amazonas pero no nos pasa nada si
vemos miles de plantas decomisadas y tiradas a la vera de un camino.

 

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Las provincias, dueñas de sus recursos naturales, son las responsables del tráfico ilegal, aún entre las jurisdicciones nacionales. Las fuerzas de seguridad locales, la
gendarmería y la prefectura conocen las prohibiciones y decomisan cuando descubren, pero luego no saben qué hacer con ellas.

Tibia normativa y algo de rescate sucede en Misiones, que al menos demuestra interés y tiene apasionados orquideófilos que cultivan especies nativas para
devolverlas a la selva. Pero en el resto del país todo es más laxo: no hay centros de rescate que puedan albergar las plantas como sucede en países desarrollados
donde los jardines botánicos ayudan a esta misión.

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Las orquídeas y los cactus –en otros países también las crasas- son el objeto de colección más preciado, pero cada especie es un eslabón necesario en el
ecosistema del que forma parte. En ocasiones, ni siquiera hemos tenido tiempo de
investigarlas y descubrir su importancia cuando la codicia las desaparece. Se da un contrabando sin culpas ni pena que alimenta el mercado negro sostenido por
los coleccionistas, aún en el siglo XXI.

Para la mayoría de los aficionados, las plantas raras y bellas son un trofeo. Transformar eso en una poderosa herramienta para la conservación de biodiversidad que vuelva a poner a las plantas en el círculo natural de la vida, nos hará mejores.

 

 

 

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